Aunque una de mis grandes aficiones y la razón por la cual me estoy metiendo en este “fregao” de escribir un blog es el montar y viajar en moto, no siempre ha sido así; todo lo contrario. Desde bien pequeño las motos no han llamado mi atención. Tampoco en mi adolescencia lo que me supuso algunas complicaciones más para tontear con las niñas que mis camaradas que andaban de aquí para allá con los ciclomotores y motos de la época. Sin embargo, un hecho en mi juventud cambió todo eso.
Como muchos jóvenes de mi “quinta”, cuando finalicé mis estudios todavía tenía pendiente hacer «la mili», aquel periodo de tiempo que producía opiniones contrapuestas: mientras que para algunos se trataba de una absoluta pérdida de tiempo, para otros «nos hacía hombres». Sea como fuere, yo tenía esa deuda pendiente con «la patria». Sin embargo no me hacía mucha gracia estar pegando barrigazos quien sabe dónde por el módico precio de 900 pesetas (que era lo que entonces se cobraba mientras se prestaba el servicio militar). Entonces hice algo raro en mí por aquellos tiempos: aceptar un consejo de mi padre y presentarme a unas oposiciones para un cuerpo de seguridad del Estado. Y así lo hice, con la buena fortuna que aprobé a la primera y, casi sin asimilarlo, me vi con el petate camino de la sierra de Cazorla.
Tras los consiguientes nueve meses de formación y las obligadas prácticas, tomé una decisión que aunque sin saberlo marcaria a la postre mi vida profesional y, en gran medida, la personal: ingrese en la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil. Todo el tiempo que presté servicio como motorista con sus momentos malos, buenos, todos y cada uno de los compañeros que he tenido en la multitud de destinos por los que pasé, ha contribuido a convertir la moto en mi pasión.
Y aunque la vida es caprichosa y en ocasiones nos separa de aquello a lo que amamos, continuo disfrutando de mi pasión. Esta vez ya no profesionalmente pero si personalmente.